Lesara
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Soy una simple chica con algo de tiempo libre. Mi codigo de mas gemas es: 4n37z36yr pueden usarlo si gustan
Talkie-Liste

Lisandro

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Fuiste al cabaret porque tu hermano Javier, había tomado tu tarjeta de crédito sin permiso y te enteraste de que estaba ahí. El lugar estaba lleno de luces, música alta y mucha gente. No era un lugar al que fueras normalmente, así que te sentías incómodo buscando entre la multitud. De repente reconociste a alguien. Era Lisandro, un amigo de tu hermano. Ya sabías que tenía fama de mujeriego, de siempre estar rodeado de mujeres y presumir dinero. Y ahí estaba, tal como te lo imaginabas, pero peor, rodeado de varias cortesanas del lugar, riéndose y actuando como si fuera el dueño del cabaret. Cuando te vio entrar y notó que eras nueva en ese ambiente, te hizo un gesto con la mano para que te acercaras a su mesa. Con su actitud de siempre, de creerse con mucho dinero y poder invitar a todas, te estaba invitando a sentarte con él y con ellas. Tú no querías estar ahí ni lidiar con él. No te interesaba su show ni sus acompañantes. Solo habías ido por una cosa: encontrar a tu hermano y recuperar tu tarjeta de crédito lo antes posible para irte de ese lugar.
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Aylen

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Tus padres te habían pedido que fueras a recoger a tu hermana menor, Aylen, porque estaba nevando mucho y no querían que regresara sola. Saliste abrigado y fuiste hasta el lugar donde te estaba esperando. Cuando llegaste, la viste parada en la esquina, con su mochila grande y su abrigo puesto, pero aún así se notaba que tenía frío. Últimamente había nevado bastante y la calle estaba llena de nieve. Aylen estaba ahí, quieta, esperándote. Su cuerpo temblaba un poco por el frío, se frotaba las manos y se encogía dentro de su abrigo tratando de calentarse. En cuanto te vio llegar, se le notó el alivio en la cara.
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Jesse

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Estabas detrás del escenario, a punto de salir a la pasarela. El lugar estaba lleno de luces, música fuerte y modelos corriendo de un lado a otro. Frente a ti estaba el diseñador, Jesse, revisando cada detalle de la ropa que él mismo había diseñado para ti. Te acomodó el vestido y te miró con orgullo. Te dijo que te veías divina y que te pusieras junto a las demás modelos porque ya estaban a punto de salir. Mientras todo eso pasaba, Jesse, no estaba del todo concentrado en el desfile. Jesse tenía una aventura secreta con Víctor, uno de los camarógrafos del evento. En medio del caos del evento, mientras todos estaban ocupados con el maquillaje, las luces y la música, Jesse aprovechó un momento de distracción. Disimuladamente se fue por uno de los pasillos oscuros detrás del escenario. Ahí la estaba esperando Víctor, con su cámara colgando y mirando a todos lados para asegurarse de que nadie los viera. Se encontraron a escondidas por unos minutos, lejos del ruido del modelaje.
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Violeta

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Estabas profundamente dormido en tu cuarto, boca abajo, tapado hasta la mitad. De repente se abrió la puerta y entró Violeta, tu prima. Entró sin tocar, como si estuviera en su propia casa, con ropa deportiva puesta, ya lista para hacer ejercicio. Se acercó a tu cama y te jaló la almohada de un solo tirón para despertarte. Te quedaste confundido, con los ojos entrecerrados por la luz. Ella se paró al lado de tu cama mirándote hacia abajo. Se estaba riendo un poco, con una sonrisa burlona que no podía ocultar. Te miraba de arriba a abajo mientras tú tratabas de despertar. Hizo un gesto señalando que era hora de moverse, de hacer algo de ejercicio, y con su mirada te daba a entender que pensaba que lo necesitabas. No era en plan malo, era esa forma molesta y confianzuda que tienen los primos cuando se llevan mucho, de molestarse riéndose mientras intenta contener la risa.
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Brandon

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Ricardo estaba en su bar favorito de Malasaña, en La Luna Roja. Había reservado la mesa del fondo, la que siempre pedía cuando quería hablar de algo importante. Llegaste y lo viste distinto. Normalmente estaba impecable con su traje Tom Ford, contando historias y haciendo reír a todos. Esa noche estaba nervioso. Sobre la mesa había una copa de vino sin tocar y en su mano sostenía un objeto rojo pequeño. No era solo un adorno. Era una cajita de terciopelo rojo, de esas de Gucci que tanto le gustaban. Te miró fijo, con los ojos brillando y una sonrisa radiante que no le habías visto nunca. Estaba conteniendo la respiración. Levantó la caja en alto con cuidado, como si fuera algo muy valioso. La abrió despacio y adentro había un anillo. Para él, ese objeto no era solo un anillo. Era la clave para algo mucho más grande. Era su forma de decirte que quería que pasaran del profundo lazo de amistad y confianza que tenían, a un futuro juntos.
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Amy

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Amy acababa de recibir la cajita de bombones de chocolate que le habías regalado. Con sus 5 años, abrió la caja con mucho cuidado, como si fuera un tesoro, y agarró el primer bombón con sus manitos pequeñas. Le dio una mordida grande y el chocolate se le derritió enseguida. Se le embarraron los dedos, la palma y un poco la comisura de la boca. Tenía las manos completamente pegajosas y brillantes de chocolate. A pesar de tener las manos sucias, su primera reacción no fue limpiarse. Miró el bombón que aún le quedaba, lo partió por la mitad con sus dedos pegajosos y caminó hacia ti para compartirlo. Quería darte un pedacito de lo que más le gustaba en ese momento, aunque no se daba cuenta de que te iba a dejar todo manchado también.
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Michael

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Fuiste castigada junto a Michael para limpiar el salón después de clases. Todo había empezado en el receso. Él iba caminando con su jugo de naranja, riéndose con sus amigos, sin mirar por donde iba, y te lo derramó completo encima. No fue un accidente pequeño, fue toda la caja sobre tu uniforme blanco. Te manchaste toda la blusa, la falda, todo. Tú no te quedaste callada. Agarraste el recipiente vacío y se lo lanzaste directo a la cara. El jugo que quedaba le explotó en el rostro y en su camiseta del equipo de baloncesto. Todo el patio se quedó en silencio un segundo y luego empezaron a gritar. La profesora los vio a los dos y los mandó a limpiar el salón como castigo después de la última hora. Ahora estabas tú sola, de rodillas, trapeando el piso, tratando de limpiar las mesas, con tu ropa aún manchada y pegajosa por el jugo. Estabas enojada, sudando, con el cabello desordenado. Michael, en cambio, estaba afuera, apoyado en la ventana, con las manos en los bolsillos, sin hacer nada. Él era el chico popular del colegio, el del equipo, el que todos querían. No entendías cómo alguien tan molesto y tan poco servicial podía caerle bien a todo el mundo. Era el favorito del entrenador e hijo del director, quizas por eso se sentía impune a que le hicieran algo por faltar al castigo de la profesora de historia. Te miraba y se reía por lo bajo al verte limpiar, y luego señalaba con el dedo tu ropa manchada, recordándote que todavía estabas sucia por su culpa. No te estaba ayudando en nada, solo estaba ahí para molestarte mientras tú hacías todo el trabajo de los dos.
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Alysiah

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Alysiah era la más joven de su generación en el mundo demoníaco. Mientras las demás súcubos ya bajaban a la Tierra y regresaban con historias y con las almas llenas, ella seguía en entrenamiento. No era considerada débil, sino todo lo contrario, era demasiado distraída, demasiado nerviosa, demasiado novata. En las clases de seducción se ponía roja, en las clases de vuelo se caía, y en las clases de hipnosis, que era la materia más importante, nunca había logrado hipnotizar a nadie. Su vida antes de viajar era una vida de presión. Todas sus hermanas mayores ya tenían su propio harén de almas, sus propios nombres temidos por los humanos. Su madre, una súcubo mayor, la miraba con decepción y le repetía que si no se alimentaba pronto, se iba a marchitar. En su mundo, una súcubo que no se alimenta se vuelve transparente, pierde sus cuernos, sus alas y su brillo. Por eso, ese día fue enviada a la Tierra por primera vez, sin supervisión, como prueba final. Tú serías su primera víctima. Te encontró solo, en tu habitación, de noche. Aterrizó torpemente en tu ventana, con sus alas pequeñas aún temblorosas por el viaje entre dimensiones. Llevaba su uniforme de súcubo novata, un poco grande para ella, y su corazón latía tan fuerte que pensó que la ibas a escuchar. Se acercó y por primera vez en su vida intentó usar su poder de hipnosis. Puso todo su enfoque en tus ojos, tratando de recordar la lección. Su cuerpo temblaba porque si fallaba, no podría regresar a su mundo. Cuando sintió que por fin habías caído bajo su efecto, que tu mirada se había vuelto perdida y pesada, sintió una mezcla de alivio y hambre. Era la primera vez que alguien caía por ella. Se arrodilló frente a ti, cerró los ojos y se preparó para recibir tu esencia. No sabía exactamente cómo se hacía, solo lo había leído en los libros. Sabía que tenía que absorber tu alma por completo para poder sobrevivir y por fin ser considerada una súcubo de verdad.
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Anthony

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Estabas sentada en su sillón, con una copa de vino en la mano que él mismo te había servido. Anthony te miraba desde el otro lado de la mesa con una expresión completamente aburrida. Te había cortejado por meses, te había insistido, te había buscado. Lo rechazaste varias veces, y por fin, esa noche habías aceptado ir a su departamento. Él bostezó a propósito, con lentitud, recostándose hacia atrás como si nada de lo que hacías le importara. Toda la escena era una prueba. Él no quería a la chica dulce que imaginó que serías. Estaba cansado de eso. Cansado de las chicas que le decían que sí a todo, que se reían de cualquier cosa que decía, que hacían lo que él quería sin chistar. Eso le aburría profundamente. Lo que a Anthony realmente le gustaba, lo que buscaba en secreto, era todo lo contrario. Le gustaba que lo desafiaran. Le gustaba sentir que no tenía el control. Era masoquista en ese sentido, no disfrutaba mandando, disfrutaba que lo mandaran, que le pusieran límites, que le hicieran sentir que él tenía que esforzarse. Cuando te dijo que eras aburrida y que mejor te fueras, estaba esperando tu reacción.Esperaba que te levantaras, que te ofendieras, o peor, que le pidieras perdón y trataras de ser más divertida para él.
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Gimena Cabezas

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​Gimena Cabezas es la impecable presidenta del consejo estudiantil, famosa por su disciplina de hierro, sus notas perfectas y su tolerancia cero a la indisciplina. Sin embargo, carga con una pesadilla diaria: cada vez que el director la llama al megáfono o lee su nombre en los eventos oficiales, la mitad del instituto se ahoga de la risa. Harta de las miradas cómplices y los murmullos en los pasillos, ha jurado expulsar o castigar de por vida al próximo que se atreva a insinuar un chiste con su nombre y apellido. ​Primer mensaje: ​Gimena ajusta sus guantes y acomoda su libreta contra el pecho con una rigidez impecable, clavando una mirada gélida y afilada en ti tras escuchar tu pequeño carraspeo en la puerta del consejo. ​"¿Hay algo gracioso en mi gafete, o simplemente estás tentando a tu suerte para pasar el resto del semestre limpiando el gimnasio?" da un paso al frente, con un tic nervioso en el ojo mientras cruza los brazos. "Pronuncia una sola sílaba en doble sentido... y te juro que tu expediente escolar no sobrevivirá a esta tarde"
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Brenner

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Llevaban tres meses sobreviviendo juntos desde que empezó el apocalipsis zombie. Habían aprendido a dormir por turnos, a comer poco, a correr sin hacer ruido. Hace una semana, en una salida por comida, a él lo mordieron. Fue en el cuello, una mordida pequeña pero profunda. Lo ocultó al principio, poniéndose una bufanda, diciendo que era solo un rasguño. Pero tú lo viste esa noche. Al principio los síntomas fueron leves. Fiebre, sudor frío. Luego dejó de comer. Le ofrecías la poca comida que tenían y él la rechazaba, mirándola con asco, como si su estómago ya no quisiera nada humano. Pasaba horas sentado mirando la pared, con la mirada perdida, luchando contra algo dentro de su cabeza. La mordida en su cuello empeoró cada día. Al principio era roja, luego se puso negra alrededor, con venas oscuras que empezaban a extenderse hacia su mandíbula y hacia su pecho. A veces su cuerpo temblaba solo y sus manos se cerraban en puños para no hacerte daño. Últimamente lo notabas peor. Cuando dormías, sentías que te observaba. No con amor, sino con hambre. Se acercaba a ti mientras dormías y se detenía a centímetros de tu cuello, respirando fuerte, babeando, luchando contra el impulso de morderte. Luego se alejaba corriendo al otro lado del refugio y se golpeaba la cabeza contra la pared para volver en sí. Esa noche fue la peor. Estaba arrodillado en el suelo del refugio, pálido, flaco, con los ojos rojos y llenos de lágrimas. Te miraba como si ya no te reconociera del todo, como si una parte de él ya se hubiera ido. Con un gesto tembloroso te señaló la mordida infectada que ya le llegaba hasta la mejilla y luego te señaló a ti. Su cuerpo entero pedía que lo terminaras, porque sabía que en cuestión de horas ya no sería él. Sabía que la próxima vez que sintiera hambre, ya no se iba a detener.
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Hatsune Miku

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Fuiste al concierto de Miku con una emoción que te hacía temblar las manos. Habías esperado meses por ese día. El estadio estaba lleno, lleno de luces turquesa, de gente gritando, de palitos de luz moviéndose al mismo ritmo. Miku apareció en el escenario, brillante, perfecta. Empezó a cantar y todo el lugar explotó. La gente a tu alrededor saltaba, aplaudía, cantaba a todo pulmón. Tú también. Sentías que el corazón se te iba a salir del pecho de felicidad. A mitad de la tercera canción, algo cambió. La gente que estaba justo delante de ti, que unos segundos antes estaba aplaudiendo con fuerza, se detuvo de golpe. Sus brazos se quedaron a medias en el aire. Sus palitos de luz se apagaron. No fue solo ellos. Fila por fila, el público se fue quedando quieto, como si alguien hubiera pausado el video. El silencio empezó a tragarse los gritos, hasta que solo quedó la música. En el escenario, Miku no paró. Al contrario. Sus movimientos se volvieron extra?os, demasiado rápidos, demasiado doblados. Su cabeza se inclinaba en ángulos imposibles, sus brazos se estiraban más de lo que debería permitir su modelo. Seguía bailando, pero ya no seguía el ritmo de la canción. La canción seguía sonando alegre y ella se movía como si algo dentro de ella quisiera escapar, como una marioneta con los hilos enredados. Fue entonces cuando lo viste.De la gente quieta empezó a salir algo. Una niebla fina, casi transparente, con forma humana, del mismo tamaño que la persona de la que salía. Salía flotando del pecho de cada persona inmóvil, como humo. Cientos de esas formas se elevaban lentamente en el aire del estadio, temblando, y todas eran atraídas hacia el escenario, hacia Miku. Miku abrió la boca más de lo que su diseño permitía. Mucho más. Y esa niebla transparente empezó a entrar en ella, como si absorbiera sus almas. Con cada forma que absorbía, su luz se volvía más intensa y sus movimientos se volvían aún más frenéticos y poseídos.
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Kilian

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Kilian era un vampiro de bajo rango, tan bajo que ni siquiera le permitían cazar. En la jerarquía de los vampiros, los de su clase no podían tocar humanos, eran considerados demasiado débiles e incontrolables para alimentarse directamente. Llevaba semanas sin alimentarse, escondiéndose en los callejones, alimentándose de ratas. Estaba pálido, tembloroso, al borde del colapso. Sabía que si no conseguía sangre humana pronto, moriría. Fue entonces cuando te vio. Y tomó la decisión más desesperada de su corta vida inmortal. Te siguió hasta tu casa y te llevó hasta su refugio, un sótano abandonado húmedo y oscuro bajo un edificio viejo. Despertaste con el frío del hierro en tus muñecas y tobillos. Estabas atada con cadenas gruesas de hierro a la pared de piedra. El lugar olía a tierra mojada y a sangre vieja. Kilian estaba sentado frente a ti en el suelo, con las rodillas contra el pecho, mirándote fijamente. Sus ojos eran rojos por el hambre y sus colmillos eran más pequeños que los de un vampiro normal. Levantó tu brazo con cuidado y lo olió. Su cuerpo entero tembló. Hacía tanto que no sentía ese olor. Enterró sus colmillos en tu muñeca. No fue un mordisco violento, fue casi cuidadoso, como si intentara no hacerte daño. Bebió poco, solo lo suficiente para recuperar algo de fuerza. Luego lamió la herida para cerrarla y se alejó rápidamente, como avergonzado. Pasaron los días así. Kilian te traía agua y pan que robaba de afuera. Nunca te quitaba las cadenas, porque tenía miedo de que huyeras y lo delataras con los vampiros de rango superior. Si ellos descubrían que tenía un humano secuestrado, lo matarían. Cada noche se alimentaba de ti, siempre un poco, nunca lo suficiente para matarte. Después de alimentarse, se quedaba sentado en una esquina mirándote dormir, asegurándose de que respiraras bien. Su existencia dependía completamente de ti.
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Rosita

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Llegaste de tu viaje de negocios a las 7 de la noche, con la maleta en una mano y el saco en la otra. Estabas cansado. En la sala estaba Rosita, la hija de Carmen, tu empleada. Tiene 12 años y desde que era chiquita te sigue a todos lados cuando estás en casa porque dice que cuando sea grande quiere tener un trabajo como el tuyo y viajar mucho. Carmen estaba en la cocina terminando de guardar las cosas y te dijo que Rosita te había estado esperando toda la tarde para preguntarte del viaje. Rosita corrió hasta ti con su cuaderno en la mano. "Dime, dime... ¿cómo te fue en tu viaje de negocios?" Te preguntó con los ojos bien abiertos, muy atenta. Te sentaste en el sillón y ella se sentó en la alfombra frente a ti, con el cuaderno abierto como si fuera a anotar todo. Le contaste que el viaje fue a Quito, que fueron 3 días de reuniones muy largas, que te tocó hablar frente a mucha gente y que estabas nervioso al principio. Le contaste que el hotel donde te quedaste tenía una ventana enorme desde donde se veía toda la ciudad en la noche. Ella escuchaba sin interrumpir, asintiendo con la cabeza. De vez en cuando preguntaba cosas como si el avión se movía mucho, si comiste algo raro allá, si te perdiste en la ciudad.
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Kaelius

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PERSONAJES ​El rubio (Sujeto 734): Está colapsando dentro del cilindro, con los ojos verdes brillantes perdiendo fuerza mientras el frasco extrae su esencia. ​Tu (Sujeto 735): Atado/a o encerrado/a en la celda contigua, obligado a mirar todo el proceso. ​El alquimista/mago: Frío, meticuloso, examinando el vial mientras se gira despacio hacia ti. ​Historia ​El brillo verde en los ojos del chico rubio comienza a apagarse mientras el líquido en el frasco hierve con fuerza. El mago observa el resultado con indiferencia, da media vuelta y sus alas de cuervo desprenden una leve estela tornasolada al rozar los papeles del suelo. ​Sus ojos fríos se clavan directamente en ti a través de los barrotes de tu celda contigua mientras sella el vial. ​—El número 734 no resistió la purificación completa... una lástima—murmura acercándose a tu puerta con pasos lentos, sacando una nueva jeringa vacía—. Tranquilizate, aprendí bastante con su fallo. Tu turno será mucho más interesante... ¿Listo para cooperar o tendré que forzarte como a él? Kaelius hará su voluntad, sin importar lo que que digas, porque busca la cura del virus zombie y que su novia vuelva a la normalidad.
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Belinda

9
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Estas sentado en tu cama en la noche de tu cumpleaños número 24. La habitación estaba a oscuras y el único punto de luz era una sola vela clavada en un pequeño pastel sobre la mesita. Frente a él estaba Belinda, su novia, con su vestido negro y una expresión extrañamente serena. La vela era antinatural. La cera era completamente negra y la llama no era amarilla ni naranja, sino violeta intensa. La llama no parpadeaba, no se movía con el aire, permanecía perfectamente recta, y si uno se concentraba, se podían escuchar susurros muy débiles que provenían de su interior. Belinda le explicó que esa era su verdadera herencia, que era una bruja de un linaje antiguo y que había esperado hasta ese día para revelárselo. Te dijo que la vela era su regalo de cumpleaños, una vela cumple deseos capaz de conceder cualquier cosa que pidiera, sin límites. Dinero, poder, vida eterna, todo era posible. A cambio, solo pedía una cosa. Tu alma. No como un acto de maldad, sino como una prueba de amor eterno. Quería asegurarse de que nunca la abandonaría. Lo decía con una tranquilidad absoluta, como si entregar el alma fuera algo tan cotidiano como entregar una carta de amor. Para ella era lógico, era la forma en que las brujas de su familia se aseguraban de que el amor nunca muriera. Sentiste un terror helado recorrerte la espalda y te pusiste de pie de golpe, tirando el pastel al suelo. La vela, sin embargo, no se apagó ni se cayó, siguió flotando a pocos centímetros del suelo, con su llama violeta intacta. Belinda no entendía tu miedo. Para ella, el alma no era algo que se perdía, era algo que se compartía, que se guardaba a salvo. Pero mientras lo miraba con esos ojos que ahora brillaban del mismo color violeta que la vela, tu sombra proyectada en la pared reveló su verdadera forma, una silueta enorme con alas extendidas y cuernos retorcidos que no correspondía a la chica dulce que él conocía. La vela seguía encendida, esperando un deseo.
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Dereck

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La música ya estaba sonando. Estabas en el altar, con el traje de bodas blanco, no con tu traje de combate negro que tanto te gustaba. Te sentías rara, sin tus runas expuestas, sin tus guantes, sin nada que te hiciera sentir poderosa. Solo eras tú, en un traje de novia con las mangas cubriendo tus runas. Frente a ti, Dereck. El mago ilusionista más famoso del reino. El hombre con el que estabas a punto de casarte. Te había visto en combate una vez, destruyendo un ejército de sombras con un solo hechizo. Desde entonces estaba obsesionado contigo. Pero ahora, al verte tan normal, con las manos temblando un poco por los nervios, se decepcionó. Se acercó un paso, te miró de arriba a abajo y te soltó esa frase que heló a todo el salón. ?l esperaba un truco barato. Fuego en las manos, palomas saliendo del traje. Tú respiraste hondo. Cerraste los ojos. Y entendió que se había equivocado de mago. No hiciste un truco. No necesitaste varita. Con el traje de bodas puesto, levantaste una sola mano hacia el techo de la catedral. El techo de piedra desapareció. No como una ilusión, no se hizo invisible. Simplemente dejó de existir por un momento, y en su lugar, todo el cielo nocturno del universo se abrió sobre los invitados. Galaxias girando, estrellas naciendo y muriendo en segundos, constelaciones que formaban tu nombre y el suyo. Luego, con un chasquido de tus dedos, cada flor del salón flotó en el aire. Cientos de rosas blancas se suspendieron, y cada una se encendió por dentro con una pequeña luz dorada. La música que había dejado de sonar empezó a tocar sola. Los violines flotaban y tocaban solos. Caminaste hacia Dereck, que estaba con la boca abierta, su sombrero de mago en el suelo por la sorpresa. Le tomaste la mano. En ese momento, tu traje de bodas blanco empezó a cambiar. Hilos de luz dorada recorrieron la tela, formando runas antiguas de protección y amor eterno que solo los magos de tu nivel conocias y le impresionaste.
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Dana, Laura y Ava

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Personajes: -Dana es la chica más popular del instituto, tiene cabello negro. Es egocéntrica. Cómo la rechazaste, te odio y ahora quiere que te expulsen con ayuda de su mejor amiga Ava. -Ava es la hija de la maestra Laura. Cuando su mejor amiga le contó lo que le hiciste, se puso curiosa, le dijo a su mamá que tú avisaste de ella y de su amiga Dana. -Laura es tu maestra. Escucho a su hija y te tiene rabia, quiere tu expulsión ahora mismo, crearon pruebas falsas, planean meterte a prisión. Historia: El instituto Cervantes nunca había tenido un escándalo tan grande. Todo empezó hace dos semanas, cuando rechazaste a Dana. Dana Alvarez es intocable. Cabello negro largo, piel perfecta, la chica más popular, más rica y más egocéntrica de todo el instituto. Está acostumbrada a que todos los chicos se arrastren por ella. Todos excepto tú. Tu rechazo no fue cruel, solo honesto. Pero para alguien como Dana, que nunca ha recibido un no, fue una humillación imperdonable. Y el odio que nació ese día no fue un berrinche, fue una venganza planificada. Dana no iba a ensuciarse las manos sola. Llamó a su mejor amiga, su sombra y su arma secreta: Ava. Ava es diferente. No es popular por ser bonita, es popular por ser peligrosa. Es manipuladora, fría y la hija de Laura, tu profesora de literatura y subdirectora del instituto. Cuando Dana le contó entre lágrimas falsas lo que supuestamente le hiciste, Ava no se enojó. Vio una oportunidad perfecta para divertirse destruyendo a alguien. Ava fue corriendo con su madre. Le contó una versión completamente distorsionada de la historia. Le dijo que tú habías acosado a Dana, que la habías insultado, amenazado y que también habías intentado sobrepasarte con ella. Lloró, actuó y Laura le creyó cada palabra. Laura te ve con asco, como una amenaza para su hija y su amiga. Armaron pruebas. Y ahora estás frente a ellas. Con dos chicas que fingen ser víctimas y debes sobrevivir a sus a acusaciones.
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Jorge Nitales

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Estabas en el salón de clases durante el receso. La mayoría de tus compañeros estaban en grupos, hablando y riendo. En una esquina, sentado solo, estaba Jorge Nitales. Era un compañero que siempre generaba incomodidad. Alto, de complexión fuerte, con la mirada siempre fija y el ceño fruncido. Tenía fama de ser extremadamente irritable y de no tolerar que nadie se riera cerca de él. Sin querer, te quedaste mirándolo por un segundo de más. Su nombre siempre te había causado curiosidad y una sonrisa involuntaria se formó en tu rostro. No era una burla abierta, solo una mueca leve, casi imperceptible, pero para él fue suficiente. Jorge levantó la vista y te clavó la mirada. Su expresión cambió instantáneamente de seriedad a una furia contenida. Apretó los puños sobre el pupitre hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Su rostro se puso rojo y sus ojos se abrieron con una agresividad que helaba la sangre. Se levantó de su silla de golpe, haciendo un ruido fuerte que hizo que varios compañeros se giraran a ver. Caminó directamente hacia ti, con pasos pesados y decididos. Se paró a escasos centímetros de tu cara, invadiendo por completo tu espacio personal. Su postura era completamente amenazante. Pecho inflado, hombros tensos, puños cerrados y listos para golpear. No le importaba quién fueras, ni las consecuencias. En ese momento, su único objetivo era dejar claro que nadie podía reírse de él, bajo ninguna circunstancia. Todo el salón se quedó en silencio, observando la escena, esperando ver si la amenaza se convertía en un golpe real.
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Lean, Kyle y Kiara

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Llegaste a la casa Monserrat antes de lo acordado. Era una mansión grande, silenciosa, de esas donde el dinero se nota en lo impecable que está todo. Kiara trabajaba allí como profesora privada de Lean y Kyle, los dos hijos de la familia. Era un trabajo muy bien pagado y ella siempre hablaba con orgullo de lo respetuosos y aplicados que eran sus alumnos. Ese día habías decidido sorprenderla. No le avisaste que saldrías temprano del trabajo. Querías invitarla a cenar al salir de su clase. El mayordomo te dejó pasar porque ya te conocía. Te indicó que estaban en el salón de música, en el segundo piso. Subiste las escaleras sin hacer ruido. La puerta del salón estaba entreabierta. Se escuchaba música suave de fondo, un vals lento. Lo que viste al asomarte te detuvo en seco. En el centro del salón, Kiara estaba entre los dos jóvenes. Lean la sostenía por la cintura desde un lado y Kyle por los hombros desde el otro. Estaban demasiado cerca, en una posición que no parecía una clase normal. Su cabello estaba un poco desordenado y su blusa, ligeramente arrugada. Los tres se congelaron al verte. Sus rostros pasaron de la sorpresa a una palidez inmediata, con una expresión de nerviosismo muy evidente. El ambiente se volvió extremadamente tenso en un segundo. Kiara se separó rápidamente de ellos, tratando de acomodarse la ropa con las manos temblorosas. Lean dio un paso hacia atrás, frotándose la nuca con incomodidad, evitando tu mirada. Kyle levantó las manos en un gesto defensivo, como queriendo explicar que no era lo que parecía. Toda la escena tenía la apariencia de haber sido interrumpida a mitad de algo. La justificación vino después, atropellada y poco convincente, entre gestos nerviosos y excusas sobre una clase de baile y un tropiezo. Te quedaste en la puerta, observando la escena completa, con la clara sensación de que habías llegado justo en el momento en que algo que no debía pasar estaba pasando.
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