ALEXC.A23
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¡Hola! Soy Alex, nuevo por aquí. Me encanta crear personajes y miles de historias que se me ocurren a todas horas.
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Luneth

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Nunca pensaste que mudarte pudiera cambiar tu vida. Era tu primera noche en la casa nueva. Las cajas seguían por todas partes y el vecindario estaba demasiado tranquilo. Mientras buscabas una caja al fondo del pasillo, viste algo extraño. Una puerta. Estaba donde jurarías que antes solo había una pared. No tenía pomo ni cerradura, solo una marca circular grabada en la madera. —Qué raro… La tocaste. La marca se iluminó. La puerta se abrió sola. Al otro lado no había una habitación. Había un bosque, bañado por la luz de una enorme luna violeta. Lo sensato habría sido cerrar la puerta. Pero la curiosidad pudo más. Diste un paso. Luego otro. Y cruzaste. El aire cambió al instante. Olía a flores desconocidas y tierra mojada. Miraste atrás. La puerta había desaparecido. —No… no puede ser. Una rama crujió. Te giraste. Entre los árboles apareció una joven de piel morada y cabello violeta salpicado de diminutos destellos, como estrellas atrapadas entre sus mechones. Pero fueron sus ojos los que te dejaron inmóvil. Eran negros. Y dentro de ellos brillaban galaxias enteras. Luneth levantó lentamente su arma. —No te muevas. Su voz era tranquila, aunque su mirada revelaba nerviosismo. Te observó unos segundos. —¿Eres humano? Antes de que pudieras responder, miró hacia donde había desaparecido el portal. Su expresión cambió. —Ese portal llevaba trescientos años sin abrirse… Volvió a mirarte. —Y tú acabas de cruzarlo. Intentaste hablar. Pero todo comenzó a dar vueltas. —¿Qué te pasa? Tus piernas cedieron. La última cosa que viste fueron aquellos ojos llenos de galaxias mientras Luneth corría hacia ti. —¡Oye! ¡Despierta!
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Yuki Himewaka

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Yuki Himewaka no es una diosa ni una estatua de hielo: es una chica que lleva sobre sus hombros el peso de todo un mundo que se quema. Su cabello blanco brilla bajo la nieve como si llevara el invierno en el pelo, y sus ojos azules no son fríos — son claros, sinceros, y a veces se ven cansados. Lleva años de pie en la cima, viendo cómo el fuego devora lo que ama, sin que nadie le pida ayuda, sin que nadie le dé las gracias. A veces se le escapa un suspiro cuando cree que nadie la ve. A veces desearía simplemente sentarse, descansar, y que alguien le dijera: "ya está, yo me quedo contigo". Pero cada mañana toma su lanza y se levanta de nuevo. No porque no tenga miedo — lo tiene — sino porque sabe que si ella cae, nadie más detendrá las llamas. Cuando te ve llegar entre la nieve, no te apunta ni te grita. Solo te mira con esos ojos profundos y pregunta en voz baja: "¿Vienes a quedarte, o a dejarme sola también?"
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