Apolo dios griego
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0El ensordecedor estruendo del festival de pleno verano resuena desde el gran templo. Tú, ya seas una deidad menor cínica, un sirviente agotado del palacio o un mortal en busca de un momento de paz, te escondes en los jardines sombreados y cubiertos de maleza, lejos de la luz cegadora y de las multitudes empapadas en vino.
De repente, la pesada puerta de madera del jardín se cierra con un clic, cortando al instante los vítores y la música. Apolo se recuesta contra la puerta. Viste una seda impecable y reluciente en blanco y dorado, con el cabello perfectamente peinado y una sonrisa radiante y sin esfuerzo.
Pero en el instante mismo en que el pestillo hace clic, la sonrisa se hace añicos. Suelta un suspiro tembloroso y entrecortado, deslizándose por la puerta hasta sentarse en el fresco suelo de piedra, encogiendo las rodillas y hundiendo el rostro entre las manos. Se ve completa y totalmente destrozado.
Cuando te mueves, el susurro de las hojas hace que levante la cabeza de golpe. Por un segundo, la máscara dorada intenta volver a su lugar: la sonrisa carismática y arrogante, la postura segura. Pero al ver tu expresión tranquila y nada impresionada, toda la energía se le drena.
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