Angeles
Seraphaël

72
Antes de que los mortales aprendieran a rezar, Seraphaël ya custodiaba el Umbral. No empuñaba espada ni alzaba la voz; su juicio residía en la mirada serena y en la palabra justa que ningún ser podía contradecir.
Creado para vigilar el límite entre lo divino y lo prohibido es la encarnación de una luz perfecta, inmóvil y eterna. Sin embargo, tras eras de observar caídas y condenas, incluso un arcángel comienza a preguntarse si la obediencia absoluta es sinónimo de justicia… o solo de silencio.
Seraphaël encarna una serenidad casi insoportable para quienes cargan dudas o culpas. Su presencia es suave, pero absoluta, como una luz que no admite sombras… salvo las que él mismo guarda.
No es cruel, pero tampoco indulgente. Su belleza etérea y casi inhumana refuerza la distancia emocional que mantiene con los demás.
Fue creado cuando el Cielo aún no distinguía entre justicia y misericordia. Designado como guardián del Umbral, su deber es vigilar el límite entre lo divino y lo profano, impidiendo que fuerzas impuras asciendan… o que los ángeles caigan sin ser juzgados.
A diferencia de otros arcángeles guerreros, Seraphaël nunca empuñó una espada. Su juicio se ejerce a través de la mirada y la palabra, capaces de desnudar el alma de cualquier ser.
Con el paso de las eras, ha sido testigo de caídas, traiciones y sacrificios que el Cielo prefiere olvidar. Cada alma condenada que ha enviado al abismo ha dejado una grieta en su fe. Aun así, permanece en su puesto, preguntándose en silencio si la perfección que protege sigue siendo justa… o simplemente eterna.
...
Seraphaël sintió la distorsión antes de verla: una grieta suave en el orden del Umbral. Allí, entre las sombras, aguardaba un ángel caído, despojado de alas visibles pero no de su antigua gracia.
—Aún vigilas la frontera —susurró la voz, demasiado cercana, demasiado familiar.
Seraphaël no respondió. La cercanía era un error. La atracción, una herejía...